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Si te gustó Thor: Ragnarok (2017), no te perdás estas 8 películas

Si te gustó el tono desenfadado y la estética psicodélica de Thor: Ragnarok (2017), estas 8 películas comparten su espíritu de caos controlado, humor negro y mundos desbordados.

9 min de lectura

Thor: Ragnarok (2017) no es solo otra película de superhéroes con efectos gigantes y batallas espaciales. Es un trueno de humor negro, estética psicodélica y ritmo de comedia de enredo que rompe con el tono épico y solemne que rodeaba al personaje hasta entonces. Lo que más me llamó la atención no fue el color, ni siquiera el regreso del cabello largo de Thor, sino cómo Taika Waititi logra balancear el caos visual con una sensación de libertad absoluta. Aquí, los dioses nórdicos son tratados como personajes de historieta cósmica, los villanos tienen carisma y los diálogos suenan improvisados aunque claramente están escritos con precisión.

Pero no es solo el tono lo que conecta. Es la forma en que la película se ríe de sí misma sin perder emoción. Es el combo de acción, ironía y una pizca de anarquía que le da aire fresco al universo Marvel. Si lo que te atrapó de Thor: Ragnarok fue esa mezcla de ciencia ficción desbordada con sentido del humor que no teme al ridículo, entonces lo que buscas no está en las películas más serias del mismo universo, sino en aquellas que también juegan con las reglas sin pedir permiso.

El origen (2010)

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Si lo que disfrutaste de Thor: Ragnarok fue la idea de que un héroe tenga que reinventarse en un escenario completamente ajeno, El origen te va a atrapar. Aquí no hay dioses ni planetas de gladiadores, pero sí una mente que se adentra en mundos construidos por el subconsciente, con niveles, reglas internas y una estética visual que, como Asgard en manos de Taika, desafía la lógica realista. Lo que comparten ambas es una obsesión por el diseño: cada escena, cada plano, parece parte de un universo que respira por sí mismo.

Y es que Christopher Nolan no es precisamente conocido por el humor, pero hay un paralelo clave: la forma en que los protagonistas deben adaptarse a realidades que no controlan. En Thor, es Sakaar. En El origen, son los sueños compartidos. Ambos mundos son laberintos que obligan a repensar el poder, la identidad y el tiempo. No hay bailes de Led Zeppelin, pero sí una banda sonora que se vuelve parte del pulso de la historia.

Spider-Man: Into the Spider-Verse (Spider-Man: Un nuevo universo) (2018)

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Acá está el truco: si lo que te gustó de Thor: Ragnarok fue su estética explosiva, sus transiciones irreverentes y la forma en que el ritmo se burla del formato tradicional de superhéroes, entonces Spider-Verse es tu destino. No es solo una animación innovadora —aunque tampoco es perfecta—, es un homenaje juguetón al cómic que rompe con el realismo digital sin culpa. Usa colores planos, onomatopeyas animadas y cambios de framerate como si fuera un videojuego diseñado por un grafitero.

Pero más allá del estilo, ambas cintas comparten una energía adolescente. Thor, después de todo, se comporta como un rockstar desubicado. Miles Morales, en cambio, es un chico de barrio que aprende a ser héroe mientras escucha hip hop. En ambos casos, el héroe no viene de un lugar de solemnidad, sino de desorden. Y eso es todo lo que necesitaba.

Avengers: Endgame (2019)

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La verdad es que Endgame no es una continuación directa de Ragnarok, pero sí hereda su espíritu de celebración. Si lo que te atrapó de la cinta de Waititi fue la sensación de que cualquier cosa podía pasar —de que incluso los dioses podían perder el pelo y hacer chistes en medio del apocalipsis—, entonces Endgame canaliza eso en clave épica. Aquí, los mismos personajes que pelearon en Sakaar se enfrentan al vacío. Pero también ríen. También bailan. También recurren al humor cuando la tragedia los aplasta.

El tema es que ambas películas funcionan como festivales de personajes. En Ragnarok, Thor se rodea de extraños: Valkyrie, Hulk, Loki. En Endgame, el reencuentro entre los Vengadores tiene el tono de una reunión familiar disfuncional. No todo es risa, claro, pero el alivio cómico nunca se siente forzado. Es orgánico, como si el universo Marvel entendiera que, después del caos, necesitamos reírnos para seguir.

Spider-Man: Sin camino a casa (2021)

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Entiendo al que no la aguantó. Pero si te gustó el lado más desenfadado de Thor: Ragnarok —ese en el que los héroes se enfrentan a versiones rotas de sí mismos—, entonces Sin camino a casa te va a interesar. No por el fan service, sino por cómo maneja la identidad. Al igual que Thor debe redefinirse sin Martillo ni pelo, Peter Parker se ve obligado a soltar lo que creía que era ser un héroe. Y lo hace rodeado de versiones alternativas de sí mismo, con todo el potencial dramático y cómico que eso implica.

Ojo con esto: ambas películas juegan con la nostalgia sin caer en el museo. El pasado no se exhibe, se desarma. Loki no es el mismo, y tampoco lo son los Spider-Men. Hay un respeto por la historia, sí, pero también una necesidad de romperla para avanzar. Y si Thor aprende a ser un dios sin armadura, Peter aprende a ser un héroe sin nombre.

Vengadores: Infinity War (2018)

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No es para todo el mundo. La estructura fragmentada, el viaje constante entre planetas, los tonos que cambian de un equipo a otro… pero si lo que disfrutaste de Thor: Ragnarok fue esa sensación de galaxia descontrolada, entonces Infinity War te va a mantener enganchado. Ambas son películas que abren el universo más allá de la Tierra, que tratan a los personajes como piezas de un rompecabezas cósmico.

Y es que, al igual que en Ragnarok, aquí Thor tampoco llega a tiempo. Pero más allá del destino del dios del trueno, lo que conecta ambas es la forma en que el humor y la tragedia comparten escena. En un momento hay una broma entre Rocket y Groot, al siguiente, una masacre. El equilibrio es tenso, y no siempre funciona, pero ese riesgo es parte del encanto. Es como si el MCU dijera: ya no vamos a fingir que esto es serio todo el tiempo. A veces, hasta el fin del universo puede tener un gag.

Avatar: El camino del agua (2022)

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Seré honesto: si lo que te atrapó de Thor: Ragnarok fue el choque entre civilizaciones, entre tecnologías y creencias, entonces El camino del agua tiene un terreno en común con ella. No por el tono —acá no hay stand-up entre batallas—, pero sí por la forma en que plantea culturas radicalmente distintas. Los Na’vi, como los habitantes de Sakaar, viven bajo reglas que los forasteros no entienden. Y como Thor, los humanos deben aprender a adaptarse o desaparecer.

La estética es otro punto de contacto. Ambas películas construyen mundos con una paleta visual desbordada, donde la naturaleza y la tecnología se mezclan en formas inesperadas. En Sakaar, es chatarra y neón. En Pandora, es bioluminiscencia y arquitectura orgánica. Pero en ambas, el diseño no es decorativo: es parte del conflicto. El planeta no es fondo. Es personaje.

Everything Everywhere All at Once (Todo en todas partes al mismo tiempo) (2022)

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Punto. Si tuviste paciencia con el tercer acto de Thor: Ragnarok —ese en el que todo explota y nada parece tener sentido, pero igual te divertís—, entonces Todo en todas partes al mismo tiempo es tu próxima parada. Ambas son películas que nacen del caos, que abrazan el absurdo como herramienta narrativa. Pero acá el caos es filosófico: no se trata de salvar Asgard, sino de salvar una familia en medio de un multiverso de realidades ridículas.

La clave está en el tono. Ninguna de las dos se disculpa por ser extrañas. Una escena puedes reírte de un calcetín con dedos, al rato estás llorando por una decisión existencial. Igual que en Ragnarok, donde Thor pierde un ojo y lo comenta como si fuera un mal corte de pelo. La diferencia es que Todo en todas partes lleva esa mezcla al extremo, sin red. No busca equilibrio. Busca colapso controlado.

Avatar (2009)

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Para mí, Avatar siempre fue más sobre la fuga que sobre la guerra. Igual que en Thor: Ragnarok, hay un protagonista que abandona su identidad original para convertirse en algo nuevo. Jake Sully no es un dios, pero sí un hombre que encuentra propósito en un mundo que no es el suyo. Y aunque James Cameron no usa pirotecnia cómica, sí comparte con Waititi una obsesión por los espacios: mundos que no solo se ven distintos, sino que se sienten distintos.

La verdad es que ambas obras son productos de estudio, con presupuestos gigantes y agendas comerciales. Pero también son, a su manera, subversivas. Plantan a sus héroes fuera de lugar y les exigen cambiar. No basta con luchar: hay que pertenecer. Y eso, en un universo de superhéroes que rara vez se cuestiona a sí mismo, es un gesto casi revolucionario.

No se trata de encontrar clones de Thor: Ragnarok. Se trata de encontrar películas que, como ella, se arriesgan a sonar distintas, a jugar con el formato sin pedir permiso. Que mezclan lo épico con lo tonto, lo visual con lo emocional, y que no temen mostrar a un dios con una sola mano y un chiste a punto de salir. Si buscás más de eso, ya sabés por dónde empezar.

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